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La primera asociación de bodegas exportadoras de Rioja se fundó en Haro hace 110 años

“El Sindicato de Exportadores de vinos de la Rioja, con domicilio en Haro, viene funcionando desde su creación en abril de 1907 con toda actividad y desplegando un verdadero celo en todas aquellas cuestiones que afectan a los intereses vitivinícolas de la región y nación en general”. Así comenzaba su escrito en la publicación El Mercurio de marzo de 1909 don Arturo Marcelino, bodeguero y presidente de dicho Sindicato de Exportadores, así como alcalde de Haro durante los primeros años del siglo XX, para pasar a reseñar algunas de las actividades realizadas, entre las que destaca “como uno de sus éxitos el que a su instancia haya sido derogada la Ley de 14 de julio de 1894, que permitió la entrada con franquicia de los vinos franceses para su mezcla con los nacionales y destinados a la exportación, monopolio que se ejerció por algunas casas del puerto de Pasajes, con notorio perjuicio, y que exportaban al mercado de Ultramar con la marca “Rioja” como si aquellos caldos extranjeros sirvieran de vehículo, cuando dentro de España los tenemos similares en mejor calidad y marca tan acreditada y preferida por aquellos compatriotas que los necesiten”. El viñedo riojano aún no se había recuperado entonces del ataque de la filoxera, pero era manifiesta la preocupación por el uso fraudulento de la marca “Rioja”, acreditada ya en algunos mercados. La declaración de intenciones de los fundadores del Sindicato no dejaba lugar a dudas cuando afirmaban que “será de suma trascendencia para esta comarca si, entre otros propósitos, prevalece el de garantizar la autenticidad de la procedencia de los vinos de la Rioja en los mercados extranjeros”.

Cita igualmente el presidente la protesta formal llevada a cabo por el Sindicato de Exportadores ante los poderes públicos por las abusivas tarifas aplicadas por la Compañía Trasatlántica de Barcelona (“por fletes desde los puertos del Norte para los vinos en barricas pesetas 44 a Habana, 55 a Veracruz y 66 a Tampico”), tarifas que conculcaban el contrato suscrito por la Compañía con el Gobierno y que le obligaba a no exceder “las que para iguales destinos rijan ordinariamente en servicios extranjeros paralelos”. Y tras afirmar que “digna es de aplauso la conducta que viene siguiendo desde su constitución”, concluye enumerando por orden alfabético a “las importantes casas” fundadoras de este Sindicato: “Ángel Gómez de Arteche, Arturo Marcelino, Ángel Santiago, Bodegas Franco Españolas, Bodegas Bilbaínas, Bodegas Riojanas, Compañía Vinícola del Norte de España, Felipe Ugalde, Félix Azpilicueta Martínez, Federico Paternina, Leonardo Etcheverría, La Rioja Alta, La Rioja Alavesa, Bodegas Hispano-Francesas, Martínez Lacuesta, Viuda de C. Roig y Charles Serres, Viuda e hijo de J. Iturriagagoitia”. La mayoría de estos nombres son hoy prestigiosas bodegas, a las que podemos considerar como auténticos pioneros de la exportación del vino de Rioja, de su vocación universal o globalizadora, que dirían ahora. Por ello, la proyección actual de la D.O Ca. Rioja en los mercados internacionales no es flor de un día, ni mérito exclusivo de neófitos “descubridores” (nuestros bisabuelos ya “hicieron las américas” hace un siglo), sino el fruto del bien hacer de varias generaciones.

El Sindicato de Exportadores de vinos de la Rioja, que apenas aparece citado en la bibliografía existente sobre los vinos de Rioja, sería a nuestro entender la primera agrupación bodeguera creada en la región con objetivos eminentemente orientados a favorecer la comercialización de sus vinos en los mercados exteriores, así como a garantizar el origen con un sello propio, precursor de la certificación del Consejo Regulador, cuya creación en 1925 impulsaron el Sindicato de Exportadores junto a otras asociaciones como la Federación de Sindicatos Agrícolas Católicos de La Rioja, creado en 1910, y la Asociación de Viticultores Riojanos creada en 1912. Esta tradición asociativa evidencia la capacidad demostrada históricamente por el sector vitivinícola riojano para organizarse y vertebrar la defensa sus intereses, lo que sin duda ha constituido un factor clave en el éxito de la Denominación frente a sus competidores. (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

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Noventa primaveras de Rioja

José Ortigüela (d.), fundador de Campo Viejo, y Demetrio Ortega (i.) brindan por sus noventa primaveras.

José Ortigüela (d.), fundador de Campo Viejo, y Demetrio Ortega (i.) brindan por sus noventa primaveras.

José Ortigüela y Demetrio Ortega nacieron el mismo año en que se creó el Consejo Regulador de Rioja y siguen exhibiendo la misma formidable salud de hierro de la que sin duda disfruta la institución que rige los destinos de la Denominación de Origen Calificada Rioja. Unos destinos en los que ellos han ejercido una influencia decisiva, pues no en vano fueron artífices de la fundación hace medio siglo de la mayor bodega de Rioja. En la primavera del 64 brotaron las vides con el esplendor que merecía la que sería una de las cosechas míticas de la historia de Rioja y nacía igualmente una de las marcas que revolucionarían esa historia milenaria: Campo Viejo. El espíritu emprendedor de Ortigüela acababa de poner los cimientos en San Sebastián de lo que sería el mayor emporio vinícola español, SAVIN, pero su mirada estaba puesta en sus orígenes, la pequeña localidad riojana de El Villar de Arnedo, y su ambición era crear una gran bodega de Rioja que le permitiera codearse con los ‘señores del vino’ que regían las bodegas centenarias. La decisión representó un hito histórico en la evolución de la propia Denominación, ya que Campo Viejo se convertiría en un auténtico emblema de la misma y un motor económico para toda la región. “Sin Campo Viejo y otras grandes bodegas –afirma Ortigüela-, Rioja no sería hoy lo que es, ni tendría el reparto de riqueza que su viñedo proporciona a una importante masa social, aunque este papel de impulso a Rioja quizás nunca se reconocerá suficientemente”. En El Villar tenía a su fiel escudero Demetrio Ortega, amigo inseparable de correrías infantiles, al frente del negocio bodeguero ‘Vinos Ortigüela’ que habían iniciado en plena postguerra y sin haber estrenado aún mayoría de edad, como comisionistas para los vinateros de la Alhondiga de Bilbao, que Ortigüela describe como “la catedral mundial del vino en aquella época”. Demetrio, que fue el primer empleado de Ortigüela y su hombre de confianza para la compra de vinos, sugirió bautizar con el nombre de un paraje de campos de cultivo situado en el término municipal de El Villar de Arnedo la nueva marca de Rioja con la que pretendían dar el salto del granel al embotellado, del vino anónimo al vino con origen y prestigio consolidado, pues en esos años sesenta Rioja era el único nombre con el que se denominaba al vino de calidad en España. Así nació ‘Viña Campo Viejo’ en aquella primavera del sesenta y cuatro, fruto de la ilusión y visión empresarial de estos riojanos hoy nonagenarios, que vuelven a juntarse para disfrutar de una botella del último vástago de la saga y para seguir compartiendo los incontables recuerdos de una intensa trayectoria vital en la que no faltaron momentos dramáticos, como los de la Guerra Civil, que les empujaron tempranamente a dejar la escuela y buscarse la vida en el negocio vinatero. El relato adquiere dimensiones épicas en las nuevas instalaciones de Campo Viejo, que ambos admiran y que sustituyeron en el año 2000 a las construidas en 1967 en el casco urbano de Logroño. Al igual que entonces, sigue siendo la mayor bodega de Rioja. Y la marca que ellos crearon sigue siendo líder en muchos mercados, fortalecida por la nueva visión aportada por el grupo francés Pernod Ricard, que Ortigüela elogia. También la obra de estos emprendedores, pioneros del Rioja moderno, es digna de elogio. Las marcas históricas habían dado nombre y prestigio al vino de Rioja, pero sin el impulso comercial dado por las nuevas bodegas para llevar el Rioja a todos los hogares españoles en aquellos años de la aparición de los supermercados y multiplicación de los restaurantes con el ‘boom’ turístico, no se hubiera pasado de una producción de apenas cien millones de litros, el 80% vendido a granel, a casi trescientos millones de litros vendidos todos ellos embotellados. Pero, sobre todo, su labor y su memoria es digna del mayor respeto, un valor que desafortunadamente no está de moda en los últimos tiempos. (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

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Tres décadas de La Prensa del Rioja para una revolución

Los últimos cinco presidentes del Consejo Regulador con el director de La Prensa del Rioja: (de i. a d.) Luis Alberto Lecea, Santiago Coello, Javier Pascual, Ángel de Jaime, Víctor Pascual y José María Daroca. (Fotografía de FOTOMÁS).

Los últimos cinco presidentes del Consejo Regulador con el director de La Prensa del Rioja: (de i. a d.) Luis Alberto Lecea, Santiago Coello, Javier Pascual, Ángel de Jaime, Víctor Pascual y José María Daroca. (Fotografía de FOTOMÁS).

Rioja es probablemente la región vitivinícola del mundo que ha experimentado el salto más vertiginoso en las tres últimas décadas, tanto por el crecimiento de su estructura productiva, como por la proyección alcanzada en los mercados internacionales. Testigos de esta evolución, los cinco presidentes del Consejo Regulador que han dirigido la institución vertebradora de los intereses del sector vitivinícola riojano nos han ofrecido su privilegiada visión en una reunión inédita organizada por La Prensa del Rioja, que publica en su último número un amplio reportaje sobre esta historia de éxito, fruto de la suma de esfuerzos de todo el sector y en la que cada uno de los cinco presidentes ha jugado un papel protagonista y ha dejado su impronta. Hemos querido celebrar así el treinta aniversario de nuestra revista, cuyas páginas han sido no solo fiel reflejo del gran dinamismo del sector, sino también impulsoras de esa gigantesca evolución en todos los ámbitos de la actividad productiva y comercializadora, pero muy especialmente en lo que se refiere al prestigio y notoriedad internacional. Es un motivo de satisfacción el haber podido contribuir siquiera modestamente a la profunda transformación del sector vitivinícola riojano en estas tres décadas, en las que se ha configurado un modelo de éxito capaz de posicionar a esta denominación entre las más prestigiosas del mundo. La verdad es que, con el alto índice de mortalidad que afecta a la prensa especializada, alcanzar treinta años de longevidad no solo es un auténtico milagro. Seguramente se debe a que la idea era razonablemente buena. Pero sobre todo a que ha habido a lo largo de todos estos años personas que desde las instituciones, empresas bodegueras y empresas auxiliares han creído en esa idea servía adecuadamente a los intereses del sector vitivinícola y la han apoyado. Nuestro más sincero agradecimiento para todos ellos. Queremos creer ahora que, en el caso de La Prensa del Rioja, los objetivos fundacionales siguen más vigentes que nunca. En nuestros comienzos era necesario convencer del papel que podía jugar la comunicación en la comercialización de los productos de calidad, como el vino, que aspiraran a ocupar segmentos de mayor valor añadido. Hoy en día es un principio básico con el que trabaja cualquier empresa. Por eso, en este nuevo horizonte, marcado por la irrupción de las nuevas tecnologías de la información, es más necesario que nunca disponer de soportes de comunicación capaces de trasladar al mercado con eficacia y credibilidad el conocimiento de nuestros productos. Y con un mercado cada vez más globalizado, es imprescindible que estos soportes de comunicación ofrezcan, como lo ha hecho La Prensa del Rioja desde su creación, una difusión nacional e internacional acorde con esas necesidades. (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

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IN MEMORIAM: Juan Manuel Palacios, autor de ‘Historia del Vino de Rioja’

(‘Historia del Vino de Rioja’ / Juan Manuel Palacios Sánchez / Ediciones La Prensa del Rioja)

(‘Historia del Vino de Rioja’ / Juan Manuel Palacios Sánchez / Ediciones La Prensa del Rioja)

A principios de agosto fallecía nuestro buen amigo y colaborador Juan Manuel Palacios, doctor en Historia que durante años mantuvo en las páginas de La Prensa del Rioja una sección en la que fue volcando el fruto de sus investigaciones sobre la historia del vino de Rioja, plasmadas finalmente en un magnífico libro editado por nuestra revista a finales de 1991.  Nacido en la villa riojana de Cornago en 1926, se licenció en Filosofía y Letras en Barcelona, obtuvo el título de doctor en Historia por la Universidad de Zaragoza y ejerció durante más de cuarenta años la docencia, que simultaneó con la investigación histórica, publicando más de un centenar de estudios de muy diversa temática.

Como el propio doctor Palacios señalaba en la introducción del libro ‘Historia del Vino de Rioja’, nuestra invitación a colaborar en La Prensa del Rioja representó para él un aliciente para “estudiar con cierta profundidad una faceta de la historia riojana sumamente sugestiva para cualquier historiador de esta tierra”. “No hace falta esgrimir grandes argumentos para demostrar que un estudio de esta naturaleza puede ayudar a comprender más fácil y eficientemente la entidad regional. Todavía más: el vino de Rioja forma parte inseparable de la idiosincrasia y talante del hombre de la tierra”.

Así comenzó a desgranar número a número en las páginas de la revista los resultados de su investigación en los diferentes fondos documentales sobre los derroteros históricos del Rioja. La labor desarrollada a lo largo de cuatro años por Juan Manuel Palacios acabó convirtiéndose en un libro, que el entonces presidente del Consejo Regulador, Santiago Coello, ponderaba en el prólogo afirmando que “además de cubrir un hueco en la divulgación de la historia de nuestro vino, resulta especialmente satisfactorio que se haga por riojanos, rompiendo así esa tendencia a la ‘pereza’ en cuanto a la investigación en general y a la histórica en particular”. “Pese al rigor con que está escrito –concluía-, el libro no exige especial disposición de ánimo ni de conocimientos para que su lectura resulte grata y cómoda, a la vez que enormemente instructiva”.

Las características de la edición del libro ‘Historia del Vino de Rioja’ responden en todos sus detalles al objetivo de crear una ‘obra de arte’ (gran formato de 230 x 300 mm, encuadernación guaflex, papel verjurado crema impreso en bitono, etc.), sumando así al gran valor de sus contenidos un indudable valor artístico. El libro fue ilustrado por el artista riojano Eustaquio Uzqueda con dibujos originales, realizados en tonos sepias con técnica de plumilla y aguada, que plasman monumentos, pueblos o vestigios históricos que han jugado un papel importante en la historia del Rioja.

Nuestras más sentidas condolencias a la familia del doctor Juan Manuel Palacios y nuestro reconocimiento y gratitud por habernos honrado con su amistad y haber divulgado a través de La Prensa del Rioja su gran aportación al conocimiento de la historia de los vinos de Rioja. (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

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San Millán de la Cogolla, monasterio viticultor en Rioja

El Monasterio de San Millán de la Cogolla pintado por el artista riojano Eustaquio Uzqueda.

El Monasterio de San Millán de la Cogolla pintado por el artista riojano Eustaquio Uzqueda.

La próxima semana se celebrará en el monasterio de San Millán el tradicional acto institucional del Día de La Rioja. Es un lugar emblemático para la comunidad riojana, lo que le convierte en escenario de celebraciones importantes. Fue, por ejemplo, el lugar donde se celebró el acto de constitución de la Cofradía del Vino de Rioja, que a finales de este mes conmemorará allí aquel primer capítulo de junio de 1984.

Y es que el monasterio de San Millán no solo nos legó las primeras palabras escritas en español por un monje anónimo en el Siglo X, sino también al primer poeta conocido de nuestro idioma, el lugareño Gonzalo de Berceo, que nos brindó en sus versos la primera referencia literaria al vino en nuestra lengua: “bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino”. Y en otra de sus obras, ‘Los milagros de Nuestra Señora’, el protagonista de la historia es un monje que visitaba con mayor frecuencia de lo aconsejable la bodega del monasterio. “El vino significa a Dios nuestro Señor, el agua significa al pueblo pecador”, sentenció el poeta riojano a mediados del Siglo XIII.

Durante toda la Edad Media el cultivo de la vid en Rioja aparece muy ligado a la iglesia y los monasterios, al igual que ocurrió en las zonas vinícolas europeas de renombre, sin duda por la trascendencia que el vino tenía para la religión cristiana. Fueran o no, como se dice, la siesta y el champán dos aportaciones decisivas de los benedictinos a la civilización, lo cierto es que la difusión de las órdenes monásticas de Cluny y el Císter permitió que los esquejes de las cepas borgoñonas y sus técnicas de cultivo y vinificación viajaran por toda Europa y fructificaran en los campos riojanos.

Durante la época de repoblación, los monjes ampliaron las zonas de viñedo mediante el llamado “contrato de plantación”, que permitía a los campesinos hacerse con la propiedad de los majuelos, como ocurrió en el siglo once en las villas de Alesanco, Cañas, Nájera y Tricio. Pero la mayor parte de las viñas propiedad del Monasterio de San Millán las cuidaban y cosechaban por cuenta de éste sus collazos y casatos, destinando una parte del vino al consumo propio y vendiendo el resto en la Corte de Nájera y en las hospederías de peregrinos de la Ruta Jacobea. Fueron los primeros puntos de consumo de este incipiente comercio controlado por el monacato emilianense, que mantendría intacto hasta el siglo XV su poder feudal. Todavía en el siglo XVI y siguientes, hasta la desamortización de Mendizábal en el XIX, el histórico cenobio poseía viñedos en localidades como Cárdenas, donde en 1.730 el administrador contabilizó dos mil cántaras, o en Casalarreina, donde en 1.815 vendió unas tres mil cántaras por valor de veintiséis mil reales.

Como escribía en La Prensa del Rioja el doctor en Historia Juan Manuel Palacios Sánchez el año en que San Millán fue declarado por la UNESCO ‘Patrimonio de la Humanidad’, “a través de más de ocho siglos, el más significativo y trascendental monasterio de La Rioja, ha reiterado su vocación vinícola, proyectando esta vocación en sus gentes, su economía, costumbres y folklore, o lo que es lo mismo, en la vida y cultura del pueblo riojano”. (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

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La contradictoria historia de la plantación de blancas en Rioja

Cepas de la variedad viura en Entrena

Cepas de la variedad viura en Entrena

Recuerdo que por esta época del año, hace justo cuatro décadas, me tocó tirar de herrón y hacer los 1.500 hoyos en los que mi padre hincó otras tantas cepas de la variedad blanca viura. Durante ese año 1974 se bonificaba a los viticultores con cinco pesetas por cada cepa de uva blanca que plantaran. Al margen de esta anécdota personal, ahora que parece estar más de moda hablar de los vinos blancos en esta Denominación, resulta realmente curioso observar la evolución histórica más reciente del viñedo de uva blanca en Rioja y las relaciones de amor y odio que se han venido sucediendo.

El 22 de enero del año 1966 Consejo Regulador decidió primar la plantación de uva blanca con una peseta por cepa, pero tan solo en la zona de la Rioja Alta y Media. La prima alcanzó las 5 pesetas por cepa en 1969 y los fondos para pagarlas se obtenían mediante cánones a la importación de vinos blancos, asuntos ambos que fueron objeto de muchas discusiones en las reuniones del Pleno del Consejo a lo largo de los años siguientes. Las bonificaciones por plantaciones de uva blanca se mantuvieron hasta el año 1977, en que el Consejo decide suprimirlas. Es más, tan solo dos años más tarde el Consejo Regulador comenzó a informar desfavorablemente las plantaciones, replantaciones y sustituciones de viñedo con variedades blancas. En el Pleno de octubre de 1984 se confirmó el acuerdo tomado en 1978 por el que se limitaba la autorización para plantar variedades blancas hasta el 20% de la superficie total del viñedo del titular.

Las medidas restrictivas culminaron con el acuerdo del 6 de marzo del año 1992 por el que el Consejo decidió suspender temporalmente el informe favorable a toda solicitud de plantación, replantación o sustitución de viñedos con variedades blancas. Tan solo hubo una cierta apertura a la prohibición en 1999, pues ante la evidente pérdida de diversificación genética en las variedades blancas existentes en la Denominación (el 96 por 100 era de la variedad viura), el Consejo acordó autorizar la replantación del viñedo blanco ya existente que fuera arrancado con las variedades Garnacha blanca y Malvasía de Rioja.

Y en estas estábamos hasta que se encendieron las alarmas y el propio plan estratégico de Rioja 2005-2020 evidenciaba la reducción de la superficie de viñedo de uva blanca y la creciente demanda en los mercados de vinos blancos, plateando la necesidad de adoptar medidas que renovaran y ampliaran la oferta de este tipo de vinos en Rioja. Así llegaron en enero de 2007 los acuerdos del Consejo Regulador para autorizar nuevas variedades blancas por primera vez desde la creación de la Denominación, incorporando las conocidas internacionalmente Chardonnay, Sauvignon blanc y Verdejo, así como las autóctonas Maturana blanca, Tempranillo blanco y Turruntés.

Después vino la solicitud en 2009 a las Administraciones Públicas para que concedieran nuevas plantaciones exclusivamente para blancas, pues nadie quería sustituir las variedades tintas por las blancas. Con la crisis económica de por medio, han pasado más de ocho años desde que se definió la nueva estrategia de vinos blancos en Rioja hasta que realmente se le ha hincado el diente y se ha comenzado a plantar. Veremos si no se ha llegado tarde y el tren ha pasado ya de largo, aprovechando otros lo que no se hizo aquí a su debido tiempo. (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

 

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Las contraetiquetas que certifican el envejecimiento en barrica de los vinos de Rioja cumplen 40 años

contraetiquetas_montaje AEscribía hace unas semanas en este espacio que el próximo mes de abril se cumplirán 40 años de la creación por parte del Consejo Regulador de Rioja de la primera contraetiqueta que diferenciaba a los vinos criados en barrica de roble. Aunque Rioja fue pionera en el control y la certificación del envejecimiento de los vinos, estos 40 años no es demasiado tiempo si tenemos en cuenta la tradición centenaria en la crianza en barrica y la existencia del Consejo Regulador desde hace 90 años. En realidad sabemos muy poco sobre la utilización de las contraetiquetas o documentos de garantía expedidos por el Consejo desde su creación en 1925 hasta mediados de los años setenta. El primer Reglamento del año 1928 describía así las características del sello de garantía: “Un rectángulo de papel fino de 3 por 4 centímetros de lado, en cuyo anverso llevará, en el borde superior del lado mayor, un espacio de medio centímetro de ancho para poder colocar en él su número correspondiente; en igual espacio del borde inferior la frase “Vino de Rioja”; en el borde de la izquierda y paralelo a él, el nombre “Marca”, y en el borde de la derecha igualmente la palabra “Garantía”; en el centro del sello y en todo su espacio libre, una alegoría apropiada a su objeto, y que el Consejo determinará, timbrándose por ahora los sellos a una sola tinta, llevando engomado su anverso”. Se conserva algún ejemplar de esta primera contraetiqueta, pero yo nunca he podido encontrar ninguna botella antigua que lo llevara. Es ya en las botellas de los años sesenta donde pueden verse contraetiquetas con el sello del Consejo Regulador, que en algunos casos eran creación de las propias bodegas, similares a las contraetiquetas informativas que utilizan hoy en día muchas bodegas.  

Fue por tanto a partir de abril de 1974 cuando se diferenciaron por primera vez con un modelo de contraetiqueta específico las botellas de Rioja de crianza, completándose la gama con las categorías de reserva y gran reserva a partir de 1980. Así ha permanecido hasta hoy esta clasificación oficial de los vinos de Rioja de acuerdo con el tiempo de envejecimiento en barrica, siendo obligatorio que toda botella de Rioja que sale al mercado lleve el documento de garantía del Consejo que le corresponda. Desde la perspectiva del tiempo es indudable que esta clasificación ha tenido un gran impacto en el desarrollo de la comercialización de los vinos de Rioja, que inician en la década de los ochenta un espectacular giro cuantitativo y cualitativo, consolidado en la primera década de este siglo XXI con la proyección hacia los mercados de exportación.  

La categorización de sus vinos de acuerdo con el criterio del envejecimiento en barrica de roble ha representado para la D.O. Ca. Rioja una excelente herramienta de marketing, que ha contribuido a fijar en el consumidor la imagen de una región especializada en el envejecimiento de los vinos y ha proporcionado un gran impulso al posicionamiento de los vinos de Rioja en los segmentos de más valor añadido del mercado. Un posicionamiento que tuvo un hito histórico en 1993 con la decisión estratégica de comercializar toda la producción de Rioja embotellada, prohibiendo la venta a granel. También ha contribuido al éxito de Rioja la fiabilidad del control establecido por el Consejo Regulador para la certificación de los vinos. Por ello parece absurdo que hoy se esté contemplando la posibilidad de cambiar este sistema de control a golpe de decreto, sin garantía alguna de que lo que se propone permitirá mejorar lo conseguido.  (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

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