San Millán de la Cogolla, monasterio viticultor en Rioja

El Monasterio de San Millán de la Cogolla pintado por el artista riojano Eustaquio Uzqueda.

El Monasterio de San Millán de la Cogolla pintado por el artista riojano Eustaquio Uzqueda.

La próxima semana se celebrará en el monasterio de San Millán el tradicional acto institucional del Día de La Rioja. Es un lugar emblemático para la comunidad riojana, lo que le convierte en escenario de celebraciones importantes. Fue, por ejemplo, el lugar donde se celebró el acto de constitución de la Cofradía del Vino de Rioja, que a finales de este mes conmemorará allí aquel primer capítulo de junio de 1984.

Y es que el monasterio de San Millán no solo nos legó las primeras palabras escritas en español por un monje anónimo en el Siglo X, sino también al primer poeta conocido de nuestro idioma, el lugareño Gonzalo de Berceo, que nos brindó en sus versos la primera referencia literaria al vino en nuestra lengua: “bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino”. Y en otra de sus obras, ‘Los milagros de Nuestra Señora’, el protagonista de la historia es un monje que visitaba con mayor frecuencia de lo aconsejable la bodega del monasterio. “El vino significa a Dios nuestro Señor, el agua significa al pueblo pecador”, sentenció el poeta riojano a mediados del Siglo XIII.

Durante toda la Edad Media el cultivo de la vid en Rioja aparece muy ligado a la iglesia y los monasterios, al igual que ocurrió en las zonas vinícolas europeas de renombre, sin duda por la trascendencia que el vino tenía para la religión cristiana. Fueran o no, como se dice, la siesta y el champán dos aportaciones decisivas de los benedictinos a la civilización, lo cierto es que la difusión de las órdenes monásticas de Cluny y el Císter permitió que los esquejes de las cepas borgoñonas y sus técnicas de cultivo y vinificación viajaran por toda Europa y fructificaran en los campos riojanos.

Durante la época de repoblación, los monjes ampliaron las zonas de viñedo mediante el llamado “contrato de plantación”, que permitía a los campesinos hacerse con la propiedad de los majuelos, como ocurrió en el siglo once en las villas de Alesanco, Cañas, Nájera y Tricio. Pero la mayor parte de las viñas propiedad del Monasterio de San Millán las cuidaban y cosechaban por cuenta de éste sus collazos y casatos, destinando una parte del vino al consumo propio y vendiendo el resto en la Corte de Nájera y en las hospederías de peregrinos de la Ruta Jacobea. Fueron los primeros puntos de consumo de este incipiente comercio controlado por el monacato emilianense, que mantendría intacto hasta el siglo XV su poder feudal. Todavía en el siglo XVI y siguientes, hasta la desamortización de Mendizábal en el XIX, el histórico cenobio poseía viñedos en localidades como Cárdenas, donde en 1.730 el administrador contabilizó dos mil cántaras, o en Casalarreina, donde en 1.815 vendió unas tres mil cántaras por valor de veintiséis mil reales.

Como escribía en La Prensa del Rioja el doctor en Historia Juan Manuel Palacios Sánchez el año en que San Millán fue declarado por la UNESCO ‘Patrimonio de la Humanidad’, “a través de más de ocho siglos, el más significativo y trascendental monasterio de La Rioja, ha reiterado su vocación vinícola, proyectando esta vocación en sus gentes, su economía, costumbres y folklore, o lo que es lo mismo, en la vida y cultura del pueblo riojano”. (Texto: Javier Pascual / director de La Prensa del Rioja)

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Archivado bajo Cultura del Vino, Historia del vino

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